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NARCOTRAFICO-FRAUDE FISCAL-BLANQUEO DE CAPITALES-CRIMEN ORGANIZADO-CONTRABANDO

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sábado, 8 de junio de 2013

REPORTAJE SVA: ABORDAJE EN ALTA MAR

 
GIANFRANCO TRIPODO
"Ya están en el radar”. Armando Sarasola, gallego, de 56 años, capitán del Fulmar, señala el objetivo en una de las pantallas del puente de mando a bordo de este buque de operaciones especiales del Servicio de Vigilancia Aduanera (SVA). Dos pequeñas manchas informes asoman varias millas al oeste de la isla de Alborán y a unas diez de nuestra posición. Las dos manchas son dos veleros de menos de quince metros procedentes del norte de África. En uno de ellos, tres pobres diablos navegan plácidamente con viento de popa y rumbo hacia la costa andaluza sin saber lo que se les viene encima.
Lo que está a punto de venírseles encima, dando pantocazos a cuarenta nudos de velocidad sobre el Mediterráneo convertido en una balsa a media mañana de un viernes de primeros de mayo, es la proa de una de las dos lanchas ultrarrápidas del Fulmar lanzadas al agua con varios marineros de operaciones especiales del SVA dispuestos para el asalto. En la parte delantera van sentados, comiendo el salitre que arrecia con cada golpe de mar, tres tipos vestidos de negro con mono, guantes y casco de faena. Antonio Fernández, gallego, de 46 años y 24 de experiencia en el SVA, pistola HK al cinto cargada con munición de 9 milímetros, explica a gritos entre el rugido de la turbolancha el estado de la cuestión. Escuchan sus palabras Ramón de la Cuesta, de 47 años y armado con subfusil, y Jesús García de Leániz, un bigardo de 34 años que mide casi dos metros de altura y luce barba y melena rubias que le otorgan aspecto de vikingo.
Marineros del Servicio de Vigilancia Aduanera observan la evolución de embarcaciones circundantes en la pantalla de una cámara térmica, situada en el puente de mando del buque de operaciones especiales Fulmar.

–Aparecerán por nuestra proa en unos minutos. El velero a por el que vamos no mide más de quince metros. A bordo van tres tripulantes, uno de ellos con antecedentes por narcotráfico.
–¿Actitud? –pregunta Jesús.
–En principio, no les engrilletamos. Subimos rápido, tú vas hacia proa a inspeccionar mientras Ramón y yo nos quedamos controlándolos en cubierta.
El aviso llegó cifrado hasta la sala de comunicaciones del Fulmar a primera hora de la mañana. El avión de Aduanas que sobrevuela la zona del estrecho de Gibraltar y las costas atlántica y mediterránea ha localizado dos veleros sospechosos con rumbo hacia la Península que habían zarpado unas horas antes del puerto deportivo de Melilla. En la sede madrileña de la Dirección General de Aduanas, los agentes del SVA certifican que una de las embarcaciones es sospechosa y en ella viaja un tripulante con antecedentes por tráfico de drogas. Tardan poco en mandar una orden de asalto hasta el Fulmar. Días más tarde, en la sede de la Dirección de Aduanas, el jefe de operaciones navales del SVA, Fernando Muñoz, explicará uno de los factores que caracterizan a este cuerpo de élite acostumbrado a actuar con el factor sorpresa como principal aliado: “Tenemos la capacidad de tomar decisiones de este tipo de manera casi inmediata. Sin apenas burocracia ni escala de mandos. Eso nos diferencia de otros cuerpos policiales”.
Un agente de Vigilancia Aduanera se presenta en el puente de mando del buque de operaciones especiales Fulmar, armado con subfusil de asalto, antes de llevar a cabo una operación en alta mar. / GIANFRANCO TRIPODO
La voz de alarma salta por primera vez veinticuatro horas después de que El País Semanal embarcase en el Fulmar, tras una noche de guardia en la que no apareció nada raro por los radares ni en el objetivo de la cámara térmica. A las diez de la mañana, una fotografía digital de la embarcación sospechosa llega desde Madrid hasta la mesa de cartas del puente de mando. Mirándola de reojo, el capitán calcula en una carta del Estrecho y el mar de Alborán la distancia que nos separa del objetivo. “Nos han dado la orden de abordar a este velero de 44 pies, que viaja junto a otro de parecida eslora. Están a unas 30 millas de España y 52 de Marruecos. Cuando lleguemos a unas 10 millas de ellos, vamos a arriar las dos lanchas para llevar a cabo el asalto. El fotógrafo y tú podéis ir con ellos”.
Hacia las once, el puente de mando del Fulmar se convierte en un vivero de adrenalina. Los marineros de operaciones especiales con turno de guardia mañanera terminan de ajustarse aquí el equipamiento de asalto, los chalecos antibalas, las balizas de emergencia. Comprueban las conexiones de los walkie talkies. Los elementos de seguridad y comunicaciones prevalecen sobre el armamento entre estas filas. Sus actuaciones suelen transcurrir de madrugada en aguas turbulentas y no resulta nada práctico pegar un salto a las embarcaciones de los adversarios pertrechado hasta los dientes. Grilletes, porras y hachas suelen resultar para ellos más prácticos que el armamento de fuego. Mientras prosigue a bordo el ritual preparatorio, Ramón de la Cuesta asoma su nariz aguileña por la escotilla derecha con el subfusil HK colgando del hombro. “¿Vienen del moro, no?”, pregunta. El capitán termina de dar las últimas indicaciones. Salvador Cervantes, oficial del Fulmar, de 57 años, sale del armero situado junto al puente de mando ajustándose el chaleco salvavidas. “Yo desmoralizo”, suelta medio en broma, medio en serio. “Voy para desmoralizar a los malos”.
El factor sorpresa es su principal aliado. "Tomamos decisiones de asalto de manera casi inmediata"
Salvador también es el encargado de ponerse a los mandos de la lancha que espera en la cubierta del Fulmar a ser catapultada del buque con el pescante en menos que canta un gallo. A popa de la planeadora, junto a Salvador, suben Enrique Outeiral, marinero especializado en mecánica, de 54 años, y Alfredo Fernández, oficial de puente, de 40. Antonio, Ramón y Jesús, espaldas anchas como un armario, toman asiento en las morcillas acolchadas de proa e invitan al polizón a situarse junto a ellos. El mismo número de tripulantes embarca frente a nosotros en la otra lancha auxiliar del buque. En cuestión de segundos, las grúas lanzan las planeadoras al agua y empezamos a cabalgar sobre el Mediterráneo.
Ocho millas después, la voz grave de Antonio rompe el silencio del mediodía en este rincón cercano a la isla de Alborán. Su dedo índice señala el objetivo que asoma a un par de millas de nosotros. “¡Están a la una!”. Ramón vuelve su rostro duro como una lija hacia el polizón y entorna una sonrisa pícara. “¿Qué? ¿Cómo vamos de nervios?”. Volamos sobre el agua confundiéndonos con el azul del mar mientras la otra lancha de operaciones especiales del Fulmar sigue nuestra estela. A lo lejos se divisa el palo del velero que estamos a punto de asaltar. Parece un buen día de caza.
El Fulmar es uno de los dos buques de operaciones especiales del Servicio de Vigilancia Aduanera. / GIANFRANCO TRIPODO
A eso se dedican estos tipos. A cazar narcotraficantes. Son la punta de lanza en las incursiones españolas en alta mar contra el contrabando. Ochenta y seis agentes, hombres casi en su totalidad, conforman la élite de operaciones especiales del Servicio de Vigilancia Aduanera, el cuerpo policial de la Agencia Tributaria dedicado a combatir el contrabando, el blanqueo de capitales y el fraude fiscal. El equivalente a la Guarda di Finanza italiana, los franceses del cuerpo de Douanes et Droits Indirects o los temibles alemanes del ZKA. Considerados fuera de España por sus homólogos y por ejércitos de otros países con los que han colaborado en decenas de ocasiones como uno de los más prestigiosos organismos antidroga del mundo, son, sin embargo, grandes desconocidos dentro de nuestras fronteras. El SVA opera en todo el territorio español, su espacio aéreo y aguas jurisdiccionales. Cuando se trata de operaciones en alta mar, los elegidos son estos mismos agentes especiales junto a los que navegamos. Adiestrados para saltar de una patrullera a oscuras, de madrugada, con olas de cinco metros, y abordar un mercante sin miramientos con el objetivo de trincar la mercancía ilegal de sus bodegas. Pueden actuar contra cualquier embarcación con bandera española en aguas internacionales. Colaboran con los GEO y con otros organismos policiales y de la Guardia Civil. Sin que por ello obvien la consabida competencia latente por “ganar la partida a los malos”.
Los malos, como ellos llaman a sus adversarios, los conocen bien. Las hazañas sobre sus ataques al narco corren por el mundillo del contrabando desde la ría de Arosa hasta el estrecho de Gibraltar. Mentar nombres como los del capitán Caparrós o el oficial Fontela es algo parecido a hablar de los Messi y Ronaldo del cuerpo de operaciones especiales del SVA. También es el caso de Javier Collado, el audaz piloto del helicóptero de Aduanas que sobrevuela cada noche implacable las aguas del Estrecho, inmortalizado por Arturo Pérez-Reverte en La Reina del Sur (Alfaguara) con las palabras que el periodista del Diario de Cádiz Óscar Lobato empleó para describirle durante un encuentro entre los tres: “Piloto del helicóptero de Aduanas. Cazador nato. De Cáceres. No le invites a un cigarrillo ni a alcohol porque solo bebe zumos y no fuma. Lleva 15 años en esto y conoce el Estrecho como la palma de su mano. Serio, pero buena gente. Y cuando está ahí arriba, frío como la madre que lo parió”.
Hazañas al margen, todos forman parte del mismo SVA que ostenta uno de los pabellones con más solera de España y cuyo origen se remonta hasta hace cinco siglos con el auge del negocio tabaquero que floreció con el Descubrimiento de América e impulsó la organización paramilitar del primer Resguardo, dedicada a proteger el monopolio fiscal del Estado sobre el tabaco. Dependiente del Ministerio de Hacienda desde mediados del siglo pasado, integraron sus filas funcionarios tanto civiles como militares hasta que en 1982 se reestructuró la organización, adscrita diez años más tarde al Departamento de Aduanas y Servicios Especiales de la Agencia. “En tres palabras, somos una policía aduanera y fiscal”, sintetizará días después en la Dirección de Aduanas de Madrid Manuel Montesinos, jefe de operaciones del SVA.
No se trata de policías a los que haya que enseñar a navegar, sino de marineros que se hicieron policías"
De los casi 2.000 agentes a cargo de Montesinos, 900 pertenecen al Servicio Marítimo. Entre estos últimos, 86 componen la fuerza de operaciones especiales que navegan en los buques Fulmar y Petrel. “La mayoría son hombres, es cierto. Para las oposiciones se exige experiencia marinera, un mundo predominantemente masculino. No se trata de policías a los que hubo que enseñarles a navegar. La mayoría son marinos que se convirtieron en policías. La especialización y el entrenamiento son fundamentales para ellos a la hora de evitar accidentes. En alta mar, los narcos se encuentran más relajados que cuando llegan a la costa a soltar el alijo. A mil millas de Cabo Verde, lo que menos se esperan es que unos tíos los aborden de madrugada para pedirles los papeles. La mayoría de las veces no llevan ni armas y no suelen responder al asalto. Hay reacciones más violentas con el tema del hachís ya en la costa, donde sí que nos han pegado algún tiro o nos han apedreado, como pasó recientemente en Sanlúcar de Barrameda [Cádiz] cuando varios vecinos asaltaron el helicóptero de Aduanas mientras intentaba interceptar un alijo”.
Entre los objetivos del SVA, prosigue Montesinos, “los estupefacientes son un género más del contrabando” contra el que combaten, además de contra el fraude aduanero y fiscal. “En el Servicio Marítimo tiene prevalencia el narcotráfico. En los noventa era el tabaco, y en los últimos años hemos detectado un repunte de esta actividad con cargamentos procedentes de Gibraltar, Andorra, Canarias, China, Emiratos Árabes… De un par de años para acá ha aumentado el trasvase de cigarrillos no falsificados para consumo en territorio nacional. Con las incautaciones del año pasado de tabaco se evitó un perjuicio a la Hacienda pública en torno a 30 millones de euros. También se ha producido una evolución del tráfico de cocaína desde el transporte marítimo por la vía de las Azores hacia España a favor de los contenedores que entran por muchos otros países europeos. En cuanto al tráfico de hachís, la costa gaditana es la zona española de mayor preocupación. Al SIVE [Sistema Integrado de Vigilancia Exterior, gestionado por la Guardia Civil] no le llama la atención un pesquerito o un velero, y por eso gran parte de este tráfico ha mutado hacia esas embarcaciones en lugar de las planeadoras”.
Impactamos violentamente contra la embarcación sospechosa por el costado de estribor. "¿Quién está al mando aquí?"
Cádiz, la provincia española donde se intercepta más droga (más de un centenar de toneladas de hachís incautadas el año pasado y cerca de cuatro toneladas en aprehensiones de cocaína), cuenta con un punto al rojo vivo en la lucha contra el narco en la desembocadura del Guadalquivir por Sanlúcar de Barrameda y será uno de los nuevos emplazamientos fijos del Fulmar. Bestia negra del narcotráfico en alta mar junto al Petrel, ambos buques de operaciones especiales del SVA son auxiliares de la Armada española. Con 61 metros de eslora y 10 de manga, helipuerto, lanchas semirrígidas de asalto izadas con grúas ultrarrápidas, calabozos y armamento pesado (ametralladoras Browning del calibre 12,7), el Fulmar nació en 2006 como la versión mejorada del emblemático Petrel que opera desde 1995 con una espectacular hoja de servicio: 49 operaciones, más de 80 toneladas de cocaína incautadas, otras 24 de hachís y 723.950 cajetillas de tabaco intervenidas. El historial de aprehensiones del Fulmar asciende a 10 toneladas de cocaína y 13 de hachís incautadas desde su botadura. La silueta azul que lo convierte en un ave nocturna al caer el sol apareció ante nosotros por primera vez junto a la bocana del puerto de Algeciras.
A punto de partir hacia una operación de refuerzo de vigilancia costera en la zona de Alborán, coordinada desde Madrid con las unidades aeronavales regionales, El País Semanal embarcó veinticuatro horas antes de que las dos manchas sospechosas aparecieran en el radar del Fulmar. Los cerca de 30 tripulantes a bordo llevaban ya diez días de marea y venían de desarrollar otra incursión en el Atlántico contra un pesquero sospechoso de llevar en sus bodegas carga de contrabando. Ahora estaban de nuevo dispuestos para una nueva cacería.
Mediodía, unas millas al oeste de la isla de Alborán. Una lancha del ‘Fulmar’, buque de operaciones especiales del Servicio de Vigilancia Aduanera (al fondo de la imagen), se aproxima a un velero sobre el que ha recaído una orden de asalto e inspección. / GIANFRANCO TRIPODO
La semirrígida auxiliar del Fulmar zumba proa al velero sobre el que ha recaído la orden de asalto esta mañana de mayo. Nos aproximamos por el costado de estribor a toda velocidad hasta impactar violentamente contra el casco de la embarcación, que aprovechaba una suave brisa para navegar a tres nudos con viento portante y las velas mayor y génova desplegadas como orejas de burro. Los tres tripulantes, uno de ellos con antecedentes por narcotráfico, nos ven llegar por popa con los rostros desencajados. Tras el choque de embarcaciones, Antonio sube de un salto al velero en décimas de segundo. Le sigue Ramón, atento al subfusil, y Jesús, el bigardo de casi dos metros que corre hacia proa para abrir el tambucho del ancla sin mediar palabra. Los ocupantes del velero contemplan en silencio la invasión desde la bañera de popa mientras el resto del pasaje de la semirrígida culmina el abordaje.
Alfredo, oficial del Fulmar, pregunta quién está al mando de la nave. Un hombre de cuarenta y tantos se presenta como patrón del velero con unos papeles en la mano. Viste un polo rojo, bañador y se calza unos náuticos. Tiene barba de varios días y cara de pocos amigos. Alfredo y Enrique, especialista en mecánica, bajan con él a la cabina y le obligan a abrir el compartimento del motor. En cubierta permanecen en silencio los otros dos tripulantes, ambos rondando la cincuentena y con cara de póquer. Antonio y Ramón los vigilan de cerca sin encañonarlos, dado que no han opuesto resistencia. A bordo de la lancha de Aduanas solo queda Salvador, manteniéndose pegado al velero. Desde allí les pregunta de dónde vienen y entabla una breve conversación con el más maduro de los dos tipos que permanecen en cubierta mientras se lleva a cabo un registro en el interior del velero.
–Venimos de Melilla.
–Ya. De la boca del lobo.
–¿Por qué?
–Por nada, hombre, por nada.
El registro transcurre durante media hora hasta donde permite la ley sin que exista auto judicial que facilite una inspección de ciertas zonas del barco más a fondo en tierra. Cumpliendo estos límites, los agentes de Aduanas no han encontrado fardo alguno a bordo del velero. Firma de papeles. Vuelta a la lancha. Todos, marineros del SVA e inspeccionados, mantienen la misma cara de póquer hasta el final. “Si llevan droga, la tienen muy bien escondida”, susurra el oficial Alfredo Fernández mientras saltamos de nuevo a la lancha. La otra avanzadilla ha registrado el otro velero junto al que viajaba esta embarcación sospechosa y tampoco ha encontrado nada. Es hora de volver al Fulmar.
El buque 'Fulmar' de Aduanas se ha incautado de 10 toneladas de cocaína y 13 de hachís desde su botadura
De nuevo en el buque, todos vuelan en busca de una ducha de agua caliente a la espera de reponer fuerzas con una deliciosa paella. De camino a los camarotes, Ramón de la Cuesta, más de dos decenios de servicio, admite que hoy no han tenido suerte: “Cada aprehensión es diferente. Vas al lí­­mite y la adrenalina siempre está ahí. Entre mis mejores recuerdos está el asalto en 2009 al Doña Fortuna, un pesquero cargado con cinco toneladas de cocaína. Hoy tengo 47 y a los 65 no nos podemos jubilar, así que seguiremos dando guerra”.
Más allá del asunto de la jubilación seguirán en esto porque les gusta su oficio. Y hay quienes, como Jesús García, el vigués con aspecto de vikingo, lo llevan en la sangre. Jesús es hijo del mítico capitán Caparrós del SVA. Estudió Biblioteconomía, pero acabó presentándose a las oposiciones del cuerpo de operaciones especiales. Hoy tiene 34 años, sueldo de funcionario de carrera en la categoría C-1 y desde que ha sido padre nota cómo le empieza a pesar lo que hace. “Pero siempre he pensado que hay tres tipos de hombres: los vivos, los muertos y los hombres del mar. Yo soy de estos últimos. Cuando sales ahí fuera, controlas en todo momento el uso de la fuerza. Pero llegado el momento, pa que llore mi madre, que llore la suya”.
Son mitad corsarios y mitad agentes de la ley. "Nuestro mayor hándicap no es el adversario, sino el estado de la mar"
Remedios Muñiz, de 40 años, soltera, sin hijos y desde 2004 en el SVA, es una de las poquísimas mujeres que integran el cuerpo de operaciones especiales. “Me metí en esto por ejercer en este barco, en actuaciones de alta mar. Cuando patrullamos soy una más. A la hora de regresar al buque es cuando se nota que esta es una embarcación donde predominan los hombres. No me veo mucho más tiempo haciendo esto sobre todo por las lesiones. Con los años, la espalda se resiente y los golpes durante los asaltos son frecuentes”. Como explica Pablo Piñeiro, de 48 años, primer oficial del Fulmar que muestra como un tesoro el retrato de su esposa, Mili, que guarda en su camarote, “el mayor hándicap para nosotros no es el adversario, sino el estado de la mar”.
El segundo día a bordo tras el asalto transcurre entre guardias en el puente de mando, vigilando los radares y la cámara térmica en busca de una nueva presa, e incontables recuerdos de singladuras gloriosas. Pedro, Javier, Lute, Totana… Salvador, Alejandro, Alfredo, Julio, Pablo, el capitán Armando… Todos tienen sus razones para seguir protagonizando la caza del narco que se libra en aguas internacionales. Aquí operan las reglas que establecen estos marineros, que son mitad corsarios y mitad agentes de la ley. Los tres pobres diablos de esta mañana han tenido suerte.
Al día siguiente, de camino a desembarcar en el puerto de Málaga, Ramón comenta que cuando trincan un buen alijo lo celebran como si metieran un gol por la escuadra. Hay abrazos y gritos. La última diana en la que participó el Fulmar data del pasado 6 de diciembre. Con apoyo del patrullero Alcaudón II y la participación del Cuerpo Nacional de Policía y la Guardia Civil, intervinieron 25 millas al sur de Marbella el yate Star Uno, cargado con 1.380 ki­­los de hachís. “Sobre las operaciones más recientes, como esta en la que os habéis enrolado, usando un símil futbolístico podría decirse que hemos tenido una mala racha de resultados”, admitirá Manuel Montesinos días después en la Dirección de Aduanas de Madrid. “Pero te aseguro que estos tíos vuelven a dar en el blanco más pronto que tarde”.
 http://elpais.com/elpais/2013/05/30/eps/1369938370_909022.html