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NARCOTRAFICO-FRAUDE FISCAL-BLANQUEO DE CAPITALES-CRIMEN ORGANIZADO-CONTRABANDO

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miércoles, 9 de junio de 2010

CONTRABANDISTAS CON RABO DE LAGARTO.

Muchos años después de que la "Operación Nécora" y otras de nombre igualmente cinematográfico los lanzasen a la fama, las viejas estrellas del contrabando en Galicia están a punto de abandonar la prisión. Laureano Oubiña lo hará en los próximos meses –o a lo sumo, un año– y más o menos por las mismas fechas está previsto que el aún más veterano Manuel Charlín salga de la cárcel donde residió durante las dos últimas décadas. Hasta a los contrabandistas en régimen de autónomos les llega la jubilación, por lo que se ve.
Puede que Oubiña y Charlín sean ya historia, como corresponde a su carácter de jefes históricos de clan; pero resultaría exagerado deducir de eso que la larga era del contrabando en este reino ha tocado ya a su fin. Del mismo modo que la dirección de ETA llegó a ser descabezada hasta en seis ocasiones durante los dos últimos años, las redes gallegas del narcotráfico exhiben también una capacidad de regeneración sólo comparable a la del rabo de las lagartijas. Generaciones enteras de capos han ido cayendo en los nada amorosos brazos de la Justicia, sin que ello fuese obstáculo para que otros tomaran el relevo y mantuviesen a flote el negocio.
Forzosamente retirado de la escena desde hace diez años, Oubiña sigue siendo sin embargo la cara más reconocible del contrabando gallego, lo que acaso explique el interés que estos días despertó el anuncio de su ahora aplazada puesta en libertad. Parece lógico. Casi tan aficionado a los focos y a los flashes como el juez Garzón que instruyó el primer gran caso contra él, Oubiña pareció siempre feliz ante las cámaras para las que posaba alardeando de puro y campechanía. Tan en su salsa se encontraba que ni siquiera dudó en convertir en un espectáculo el juicio de la "Operación Nécora" donde actuaba como reo-estrella y protagonista dentro de un selecto reparto de capos y actores secundarios. Se presentó ante los ropones con zuecos de labrador antiguo, contestó indistintamente en inglés y gallego al fiscal antidroga, aseguró que guardaba el dinero de sus ganancias "en la vija" y, en términos generales, hizo todo lo posible por tomarle el pelo al tribunal.
Gentes rectas y de técnico proceder, sus juzgadores no se lo tomaron en cuenta. Lejos de vengarse del cachondeo, los jueces emitieron una sentencia lo bastante leve como para permitir la puesta en libertad de Oubiña y los principales encausados, mientras imponían penas de algún mayor fuste a los secundarios y extras del banquillo.
Se ignora si ello animó a Oubiña y otros capos a perseverar en el negocio, pero lo cierto es que casi todos los procesados volverían a caer una y otra vez en manos de la ley por reincidir en sus hábitos delictivos. Y en esta ocasión, las penas ya fueron algo más consistentes, como bien prueban los veinte años que está a punto de cumplir Charlín en la cárcel o los diez que –por el momento– ha tenido que purgar Oubiña.
Más discretos que sus históricos antecesores, los nuevos jefes de las compañías importadoras de chocolate y fariña se caracterizan por ser poco amigos de las fotos y de cualquier forma de notoriedad. Son, por así decirlo, menos ruidosos pero en modo alguno menos eficientes que los Oubiñas, los Charlines y los Miñancos en el desarrollo de su atípica actividad comercial.
Con otros nombres, otras caras, nuevos socios y distintos procedimientos, el contrabando sigue abasteciendo desde Galicia –aunque no sólo desde aquí– al copioso mercado de consumidores de sus productos existente en España y buena parte de Europa. Ningún reproche puede hacerse, desde luego, a las fuerzas policiales y judiciales que desarticulan los clanes de las rías una y otra vez sin que ello parezca afectar a la extraña capacidad de regeneración de la cola de este inmenso lagarto. Aunque oubiñas y charlines –ahora de efímera actualidad– parezcan cosa del pasado, se equivocarán seguramente quienes piensen que el narcotráfico también lo es.
anxel@arrakis.es
http://www.farodevigo.es/opinion/2010/06/09/contrabandistas-rabo-lagarto/446208.html