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NARCOTRAFICO-FRAUDE FISCAL-BLANQUEO DE CAPITALES-CRIMEN ORGANIZADO-CONTRABANDO

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martes, 6 de abril de 2010

YO SOY EL MERCADO: SOCIALISMO, NARCOTRAFICO O MUERTE.

Yo soy el mercado» (Duomo) es un trepidante reportaje sobre cómo transportar cocaína desde América Latina a Estados Unidos y Europa. Negocio en que participa muy discretamente la Cuba de los Castro.

En la época de los pequeños sistemas, el centro de todo era Cuba. Siempre ha sido una plaza importante, ideal para inundar Estados Unidos de droga, pero también un andén para el tren de las maletas y los óvulos. A algunos les avergüenza admitirlo, pero el Disneyland del comunismo se ha apoyado siempre en el trabajo de la gente como yo. Hasta el líder máximo teoriza al respecto: una manera como cualquier otra de explotar las contradicciones del norte corrupto y devolvérselas. Cuba conviene. Por lo general, todo el mundo piensa que la gente va a la isla por las putas y no por la coca. Y ésa es la gran suerte de Castro: las putas tapan la coca. En realidad, la política internacional en el Golfo de México no ha sido jamás un obstáculo para los negocios. Sí, vale, guerra eterna entre Castro y la comunidad de exiliados de Miami. Pero, a cambio, Cuba es el escaparate perfecto del comunismo miserable: a nadie le van a quedar ganas de fundar un país comunista mientras exista ese inmenso burdel al aire libre, que además está a tiro de piedra de las costas estadounidenses. Puedes estar tranquilo: Estados Unidos resultará política y culturalmente inocuo durante una buena temporada, y no volverá a cometer errores como el de Bahía de Cochinos. Y, por lo demás, cuando Castro no era más que un muchachito católico ya lo conocían en la Universidad de Miami por vender marihuana.

Cuando íbamos, nuestro lema era: ¡vamos al país de las maravillas! Nos llenábamos los bolsillos de dólares, porque allí no son tontos y no quieren ni oír hablar de pesos u otras petequias latinas. Salías de Barranquilla, Colombia, con las lanchas motoras, las embarcaciones tipo Cigarette, o de México. O incluso de Kingston, Jamaica. Cuba ha sido también, durante mucho tiempo, una salida ideal hacia Europa. Lo único que necesitabas era uno de esos grupos de turistas que llegan desde Italia, España o Francia y alguien en el grupo dispuesto a cambiar la maleta. Aunque para ese trabajo los mejores son los italianos que vienen a echar un polvo y vuelven con una esposa. Les preparas las Samsonite, pero no con paquetitos: en este caso, se fabrican láminas de pasta de coca y luego se reviste toda la maleta. Descontada la protección –lo normal, grasa y papel carbón– caben exactamente tres kilos: uno y medio en la parte superior, uno y medio en la parte inferior. Resumiendo, que lo único que tienes que llevarte es la Samsonite, coges el cargamento y contactas con el correo. «Nadie te va a mirar. Te aseas bien, te peinas, te pones una corbata, te embolsas estos tres mil dólares (la mitad irá directamente a tu familia), te vas a Malpensa…». Todo muy fácil, agradable, como una balsa de aceite. Ahí lo tienes, el paraíso del pueblo. El control de salida hacia Europa es inexistente (por tanto, es un canal también muy útil para el dinero) y el de llegada es bastante flexible, sobre todo con los grupos organizados. El único problema es que se pierda la maleta: de hecho, fue así como se descubrió en su momento toda la historia de los grupos turísticos organizados. Pero en fin, de vez en cuando resurge a oleadas.
Juventud corrompible

(...) Lo sé, en el fondo no le gusta a nadie hablar en tono cínico de una utopía, de una rareza o quizá tan sólo de los vestigios de una época mejor que ya ha desaparecido, pero si algo he aprendido trabajando por el mundo es que la coca no la desdeña nadie, amigo, y menos aún en situaciones de guerrilla. Donde manda el fusil, no mandan las almas bondadosas. Mi amigo Alfonso recorría México del Sur con una caravana llena: cien kilos. Lo paran cuatro aguafiestas vestidos de camuflaje y le encuentran la mercancía: «No te vamos a fusilar, pero tienes que contribuir con un diezmo a la causa». Para quitárselos de encima tuvo que darles un kilo. Así es como funcionan las cosas, incluso donde no se hacen fabulosos negocios al estilo FARC

(...) Para librarse de él, lo habían enviado a una muerte segura con los jefes del MPLA angoleño, junto a otros treinta mil soldados cubanos que no eran más que carne de cañón. Pero Ochoa cometió el error de volver. La URSS no obtenía ni un rublo de Fidel y, encima, tenía que mantenerlo: la moneda de cambio, pues, era la posibilidad de utilizar soldados cubanos para trabajos sucios en medio mundo o, por lo menos, en África: Somalia, Mozambique, Angola… Ochoa había resistido durante veinte años. Pero si volvía de África ileso, terminaría por crear problemas. Ya hacía algún tiempo, por lo demás, que el Departamento estadounidense de Estado acusaba a la revolución cubana de utilizar la cocaína para destruir a la juventud norteamericana. Lógicamente, no se lo creía nadie: los que sacaban la mejor tajada de la mercancía que pasaba por Cuba eran sin duda los hombres del Departamento, los funcionarios emprendedores de la CIA o del FBI, los policías… Pero la historia de la juventud corruptible les era útil a las dos partes: a los yanquis para escandalizar a los padres de familia y caldear los ánimos en contra de Castro; y a Castro para dar una justificación revolucionaria y antiimperialista a sus negocios, tan grandes y espectaculares que era imposible escondérselos por completo a todo el mundo. Muy a menudo, el talento del buen narcotraficante (o del buen líder) se ajusta perfectamente al dicho «dos pájaros de un tiro», e incluso «tres pájaros de un tiro». No en vano el escándalo Ochoa estalló en Panamá poco después del asunto Noriega «Cara de piña», el hombre que ha hecho famosos a quienes inventaron el término «narcodictador» y que ahora se pudre en alguna cárcel estadounidense de máxima seguridad: tras la intervención militar en Panamá que sirvió a los yanquis para echar a su propio hombre en ese país, que les estaba empezando a resultar incómodo, la coca se convirtió de forma oficial, y bajo los reflectores del mundo entero, en la forma más segura de hundir políticamente a alguien. ¿Molestas? Te metemos una tonelada de coca debajo del culo y luego intervenimos con los marines y la bendición que el mundo concede siempre a los héroes que se enfrentan al mal supremo. En el fondo, lo que hizo Castro al eliminar a Ochoa fue únicamente aplicar la lección aprendida de los estadounidenses.
Sí, porque la gran fuerza de la coca, esa fuerza que la convierte en un negocio de oro incluso para quien la combate, es su valor simbólico: el mal absoluto, los alienígenas, el papel que en otros tiempos encarnaron comunistas y marcianos, y hoy, quizás, musulmanes. Contra ese mal se permite todo, basta declararle la guerra para que a uno lo vean como al caballero blanco que arranca gritos de emoción a la platea. ¿Y qué es el «¡Coronamos!», la exclamación de alivio, placer y burla con la que todo buen narco concluye un negocio exitoso, frente al «Llegan los nuestros», en directo mundial, que suscita la coca cuando es necesario? En fin, hablemos claro: Castro es una anomalía. La mezcla entre hombre de estado y señor del narcotráfico que él encarna sólo es posible en Cuba y sólo durante un periodo que está llegando al ocaso. El fin de Pablo Escobar demuestra que es mejor convivir con el poder político que identificarse con él.


El tercer cártel
Es una idea bastante extendida eso de que los grandes cárteles dejaron de existir después de la fragmentación de los años noventa. Pero es cierta sólo en parte: siguió existiendo un cártel, el tercero entre los grandes, hasta que la vía europea de la cocaína se convirtió en la salvación de todo el mercado. Atención a ese tercer cártel: es el menos conocido, la articulación fundamental del eje que lleva los negocios a Europa, y es prácticamente intocable, por varios motivos. El núcleo de la organización se encuentra en la selva montañosa, esa tierra de nadie en la frontera entre Venezuela y Colombia, al oeste de Maracaibo. Lagunas, piratas e indios. Es la Sierra Guajira. En esas tierras chapotea de todo: guerrilleros de las FARC, paramilitares nacionalistas, traficantes, bandidos, agentes a sueldo del gobierno estadounidense o del presidente colombiano Uribe contratados para cargarse a Chávez… Pero la Guajira no la controlan ni los yanquis ni Uribe. La Guajira la controla otro. Vale, hablemos de indios: el cártel, aquí, es una organización india casi en su totalidad, menos visible, situada en áreas reguladas según una ley tribal autónoma, con sus propias instituciones, modalidades y relaciones codificadas entre extensas familias, incomprensibles para todo aquél que no haya nacido en la selva. De las minorías no se debe hablar mal y después de quinientos años de exterminio, arremeter contra los indios es un poco vergonzoso, ¿no crees? No se ataca a las víctimas. Sin embargo, las víctimas tienen que sobrevivir a la marginación y los narcos lo saben. Las ONG se sienten a gusto entre las minorías: si hablas mal de un indio, te arriesgas también a joderles un negocio. Por tanto, que quede claro: todos unos santos, los del morro de arcilla. Hablemos de mis preferidos: los guajiros. Primero eran productores de la mejor marihuana del mundo, pero con la coca se han hecho ricos de verdad. Y si tú también te quieres hacer rico, pero rico de verdad, te conviene trabajar con ellos, sobre todo desde el terremoto de los años 90. Saben de qué va el tema. Infravalorarlos es una idiotez, pero curiosamente están infravalorados, sobre todo por parte de quienes los describen sólo a partir de rasgos idealizados.

(...) El cártel de la Guajira vive y trabaja a lo grande, incluso hoy en día, y sigue prosperando, en cierto modo porque no molesta a nadie. Tiene un perfil secundario, inocuo de cara a la convivencia con los poderes «limpios». En resumen, que saben que son delincuentes y no pretenden ser otra cosa. Es la mejor política. Antes, quien mandaba en esa frontera era el Apache, el fundador, un chiflado a quien nada divertía más que sembrar el terror. En los años ochenta, hasta vivía allí un napolitano que se había casado con una princesa guajira, había aportado sus conocimientos y había diversificado los negocios: producía marihuana crujiente, cocaína y, además, le proporcionaba los F16 a Pablo Escobar. Lo llamaban «el príncipe» por su mujer: era un tipo capaz de conseguir lo que le pidieras, hasta una bomba atómica. En Campo Mara tenía viñas. Llevaba la mercancía de Maracaibo a Coro, donde están las grandes refinerías.

La Guajira también tuvo su época romántica, pues, pero hoy en día el capo del último gran cártel es un empresario, propietario de aviones y barcos para el transporte granario, que hace ventajosos negocios con la guerrilla. Las FARC tienen que mantener un sistema de veinte mil hombres armados; si a ésos les sumamos las familias, tenemos un total de cien mil personas. Chávez las considera una especie de cinturón de seguridad contra las invasiones procedentes del oeste. ¿Crees que se dedican a las colectas? Pero el cártel también hace buenos negocios con los paramilitares, que son los más peligrosos. En el mercado no hay distinciones: compra quien hace la mejor oferta y luego, como si se disparan entre ellos. Es gente a la que no puedes evitar cuando te dedicas a este trabajo. (...) El cártel de la Guajira, además, tiene la suerte de resultarle menos interesante a Estados Unidos. Es menos rentable en lo que se refiere a la opinión pública, menos mediático, menos utilizable en política interior. Hasta la crisis de Cali y Medellín, sus principales envíos no arribaban a las costas norteamericanas, sino que se concentraban por completo en las islas del Caribe y en Cuba, sobre todo como punto de salida hacia Europa. La Guajira es el mayor proveedor de Cuba: el paso crucial se encuentra en el aeropuerto de Isla de Pino, en la Isla de la Juventud. Pero Cuba no es un socio fácil: tratar con un país en el que el control está tan centralizado puede ser muy arriesgado.
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